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Lo demás es silencio.

Cambio de blog

Señores, me cambio de blog. A partir de ahora estaré AQUÍ .

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Ingenio asesino: el Cañón de París

El 21 de Marzo de 1918, poco después de las 7 de la mañana, París se despertó sobresaltado. La ciudad había sido alcanzada por algún tipo de explosivo, seguramente lanzado desde un nuevo dirigible alemán, ya que no se había oído ruido alguno de motores que delatase la presencia de aviones. Sólo cuando se recuperaron fragmentos del explosivo se hizo claro que el impacto se debía a un proyectil de artillería; algo que no se había visto hasta entonces, con morro cónico (rasgo inusual para la época) y construido en un fortísimo acero. Pero ¿desde donde había sido disparado el proyectil?


Se tardó solo un par de horas en descubrir al culpable. Un aviador francés, Didier Daurat, vio en el bosque de Coucy (a 120 kilómetros de París) un cañón de tamaño monstruoso, colosal. Se trataba del nuevo Paris-Geschütz, el Cañón de París, llamado también Kaiser Wilhelm Geschüt o Cañón del kaiser Guillermo.


Manufacturado por las industrias Krupp, se trataba de un monstruo de 26 metros de largo y más de 250 toneladas de peso. Se basaba en modelos de artillería naval, con un calibre de 210 mm. Debido a sus dimensiones debía moverse y operar desde unas vías de tren construidas expresamente; precisaba de 80 miembros de la marina alemana, bajo las órdenes de un almirante, para operar correctamente. Para dispararlo era necesario construir una base de hormigón bajo él para ayudar a resistir el retroceso, y se le rodeaba de varias baterías de artillería convencional que disparaban a la vez, para evitar que británicos y franceses pudiesen localizarlo al abrir fuego.


Años antes, ya en 1909, las fábricas Krupp habían presentado un modelo de cañón-mortero de un calibre colosal (420 mm), que superaba las mayores armas navales de su tiempo. El “Gran Berta” lanzaba proyectiles de casi un metro de largo y 800 kilogramos a 14.500 metros de distancia, y fue empleado exitosamente para demoler las fortificaciones belgas cuando se iniciaron las hostilidades en 1914. Cuando se hizo evidente que los alemanes no iban a acercarse tanto a París en un futuro inmediato, se desarrolló un arma capaz de alcanzar la capital francesa incluso desde la respetable distancia a la que habían logrado aproximarse. Así nació el tremendo Cañón de París.


Los alemanes habían calculado, acertadamente, que si lanzaban un proyectil con una velocidad de salida de 1.600 metros por segundo y con un ángulo lo bastante pronunciado, la parábola resultante daría al proyectil una altura de 40 kilómetros y un alcance de más de 100. Y, efectivamente, este arma podía lanzar proyectiles de 94 kg. a una distancia máxima de 130 km. Tal era la potencia de la carga explosiva al disparar, que cada proyectil se “comía” una porción del interior del cañón. Cada uno de los obuses estaba numerado y tenía una anchura algo mayor que el anterior; para compensar este desgaste producido por cada disparo, debían dispararse en el orden correcto y únicamente después de minuciosas medidas y cálculos por parte de la dotación, para evitar fallos de precisión o accidentes en el disparo. Tras 65 disparos, de calibre progresivamente mayor, el cañón tenía que ser sustituido. La distancia de disparo era tan grande que el efecto Coriolis (la diferencia relativa de velocidad de rotación de la tierra en el ecuador respecto a los polos) afectaba al punto de impacto final haciendo que cada disparo se desviase hacia la derecha.


El Cañón de París no tuvo, en general demasiado éxito como arma. Era totalmente imposible apuntar a algo que fuese más pequeño que una ciudad grande, transportarlo era una pesadilla logística y el mantenimiento y los recambios hacían que su uso fuera lento y muy caro. En total hizo entre 320 y 367 disparos, causando 250 muertos y más de 600 heridos. Sin embargo, uno puede imaginarse el efecto que un arma de tales características tiene en la moral del enemigo. De pronto ni siquiera París era seguro, ya que los monstruosos inventos alemanes podían dejar su carga de muerte a las orillas mismas del Sena. El efecto desmoralizador y atemorizante que el Cañón de París tuvo sobre Francia fue sin duda mucho más importante que los daños personales y materiales que pudo haber causado. Más que un arma de guerra, el Cañón de París fue concebido, y funcionó, como un arma psicológica. Una especialmente impresionante...


En Agosto de 1918, ante el riesgo de que cayese en manos de los Aliados, el cañón fue presumiblemente desmontado y destruido, ya que los aliados jamás hallaron rastro de él. Se encontró un segundo bastidor (la montura-transporte del arma) escondido en un castillo francés, pero no había rastro de su correspondiente cañón. Los planos y diseños nunca fueron recuperados.



Daños causados por uno de los obuses.Photobucket

Dos vistas del enorme cañón.Photobucket

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COR 1D10/1D100

Cthulhu fhtagn!

Pulpo

El bruto

El bruto

De la mano de Isra descubro este juego flash de peleas bastante viciante. El nombre es autoexplicativo, consiste en pegarse con otros personajillos de todo el mundo. Y ni siquiera hay que registrarse...

¡Podéis pegaros conmigo aquí!

Sin palabras

Sin palabras

Que la maestría gráfica de Iván hable por sí misma...

A tamaño completo aquí.

Rebajas


Todos somos muy ignorantes, pero no todos ignoramos las mismas cosas. Sin ir más lejos, yo hoy ignoraba la que me esperaba cuando me internaba en un centro comercial cualquiera, cerca de Santander. De no ser así, hubiese hecho la compra en la tienda de ultramarinos más desierta e inaccesible de Cantabria.

La agonía comenzó antes incluso de bajarse del coche, en el propio aparcamiento. Cientos, miles de conductores competían por dejar su ataúd rodante en una plaza lo más cercana posible a la entrada. Sí, cercana y cómoda, para no malgastar sus energías antes incluso de llegar a su tienda preferida, esa que anunciaron ayer en su cadena favorita. No importa el hecho de que no recordaran el nombre de la tienda, o lo que se vendía en ella. O por qué querían llegar a ella. Lo que importaba era llegar, empujar, acelerar, frenar, acelerar de nuevo y odiar, odiar sin límite a los demás conductores, a aquellos que podían haber sido amigos o vecinos y sin embargo ahora eran rivales, enemigos, seres sin rostro de mirada descompuesta que pretendían arrebatarte el derecho de aparcar cerca. ¿Cerca de dónde? ¡No importa! ¡Cerca!

Me bajo del coche. No estoy cerca de la entrada. Camino hasta el acristalado edificio y me sumerjo en la calculada atmósfera del interior. No me ha resultado difícil llegar, pero dentro la cosa cambia. Personas, personas, personas. Me gustaría creer que realmente lo son; al menos lo parecen. Miles de ellas revolotean de un lado a otro, sin tratar de ocultar el hecho (tal vez por ignorarlo) de que no saben dónde demonios están yendo. El hilo musical resuena, cuidadosamente planeado, como un himno lejano y cálido.

Colas, filas, largas líneas de gente. En todas partes, para todo. Las personas que componen las colas parecen reses dispuestas a ser sacrificadas, voluntaria y gustosamente; se miran con recelo, con angustia. Todos ellos están cansados, ansiosos, aburridos y deseosos de estar en cualquier otra parte. Pero el deseo de estar allí, de experimentar esa falsa sensación de libertad otorgada por el hecho de poder comprar lo que realmente no necesitas, se impone a todo lo demás. No importa que su hijo llore desde el carrito, en un desesperado intento de reclamar una atención que probablemente nunca tendrá; tampoco que tu hija de 13 años te odie, con todas las fuerzas de su abotargado cerebro, por haberte negado a ir a su tienda favorita; realmente da igual que tu mujer, incapaz ya de experimentar ninguna emoción en su reseco corazón a fuerza de desengaños y mentiras, sea una pálida sombra babeante y desquiciada. Nada de eso importa. Ni siquiera La Crisis, esa entelequia enorme, inabordable, colosal, que amenaza con destruir todo y a todos, de la que hablan cada día en tu telediario favorito. No, no recuerdas cuál es.

Aquí una mujer oronda, repulsiva, escarba con manos ávidas en un montón desordenado de cosas; no puede saber qué busca, pues su mirada desquiciada da claras muestras de no saber siquiera de qué es ese montón. Allá, varias amigas preadolescentes, histéricas, enloquecidas ya por la publicidad y la televisión, berrean frases sin sentido tratando en vano de llamar la atención sincera de alguien que las valore como seres humanos; en el fondo de sus jóvenes mentes empieza a abrirse paso la idea de que eso jamás ocurrirá, por lo que compran aún más, rebuscan bazofia aún con más ahínco, tiran aún más dinero en la imparable y siempre hambrienta máquina del capitalismo. Acullá, un matrimonio deshecho ya años atrás ignora su desdicha a base de comprar; para ella, ropa, bolsos y zapatos que no necesita; para él, colonias y cremas que nunca utilizará, accesorios para un coche que acabará, con toda seguridad convirtiéndose en su tumba.

No hay lugar alguno donde exista un resquicio de cordura o lógica. Todo ha sido invadido por el frenesí, una desbocada locura dirigida únicamente al acto de tener, tener, tener. Nada más importa. Sólo comprar, rebuscar, comprar, hacer cola, rebuscar. Incluso los dependientes, agotados física y mentalmente por jornadas de trabajo ilegales e indignas, son incapaces de poner freno a la inmunda marea de clientes sudorosos, de gritar un “¡basta!” que nos saque a todos del abotargamiento.

No sé cuánto tiempo ha pasado. He comprado lo necesario y corro hacia el coche, no con intención de llegar a casa –las salidas están colapsadas desde hace horas- sino únicamente para resguardarme, para encerrarme a salvo de la degradante marea en la que se ha convertido de pronto el mundo. Al cabo de un tiempo ya he conseguido alejarme y ponerme a salvo en una casa en las afueras, donde ni siquiera se escucha el sonido del tráfico. Pienso en el temible futuro que espera a una humanidad que se ha reducido a sí misma a tan lamentable estado; por un instante tengo una visión del mundo que hemos construido devorándose a sí mismo, sin poder detenerse jamás debido a la demencial inercia adquirida en décadas y décadas de consumo irracional, innecesario y abusivo. Veo un mundo, devastado ya por nuestra locura, agradecido por vernos finalmente extintos, desaparecidos, víctimas de nuestro propio y lento suicidio colectivo.

Existe un lugar donde la miseria, la estupidez y la demencia humana alcanzan su más terrorífica expresión: un centro comercial en rebajas.

Sin sentido (o sinsentido)

Una mujer me ha envenenado el alma,
otra mujer me ha envenenado el cuerpo;
ninguna de las dos vino a buscarme,
yo de ninguna de las dos me quejo.

Como el mundo es redondo, el mundo rueda;
si mañana, rodando, este veneno
envenena a su vez ¿por qué acusarme?
¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron?

¡Pues no, no puedo! Así que a joderse, coño ya.

Ejem... ya dijo Napoleón que las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo.

Baaah, yo qué sé...

Loquillo - Cadillac Solitario

Esta me la dedico a mí, qué coño...

Siempre quise ir a L.A.,
dejar un día esta ciudad.
Cruzar el mar en tu compañía.

Pero ya hace tiempo que me has dejado,
y probablemente me habrás olvidado.
No sé que aventuras correré sin ti.

Y ahora estoy aquí sentado
en un viejo Cadillac de segunda mano
junto al Mervellé, a mis pies mi ciudad
y hace un momento que me ha dejado,
aquí en la ladera del Tibidabo,
la última rubia que vino a probar
el asiento de atrás.

Quizás el "martini" me ha hecho recordar
nena, ¨por qué no volviste a llamar?
Creí que podía olvidarte sin más
y aún a ratos, ya ves.

Y al irse la rubia me he sentido extraño,
me he quedado solo, fumando un cigarro,
quizás he pensado, nostalgia de ti
y desde esta curva donde estoy parado
me he sorprendido mirando a tu barrio,
y me han atrapado luces de ciudad.

El amanecer me sorprenderá
dormido, borracho en el Cadillac,
junto a las palmeras luce solitario
y dice la gente que ahora eres formal
y yo aquí borracho en el Cadillac
bajo las palmeras luce solitario.
Y no estás tú, y nena no estás tu
o nena nena nena
no estás tú...

La falacia del jugador

Jugador 1: He tirado esta moneda al aire diez veces, y las diez ha salido cara. ¿Qué crees que saldrá cuando la tire al aire por onceava vez? ¿Saldrá cara o cruz?

Jugador 2: Si ha caído ya diez veces de cara, es muy difícil que vuelva a hacerlo. Creo que saldrá cruz. De hecho, las probabilidades de obtener 11 caras seguidas son de 0,511 = 0,0004882... Ya ves, una posibilidad entre 2500.

La moneda vuela, describe una parábola y cae de cara una vez más. El jugador 1 sonríe maliciosamente; el jugador 2 hace un gesto de sorpresa...

¿Quién no ha oído alguna vez un razonamiento parecido? Los juegos de azar son un excelente caldo de cultivo para la proliferación de todo tipo de supersticiones, falacias y falsas creencias. Una de las más extendidas es la llamada falacia del jugador, que presupone que los sucesos pasados afectan a los sucesos presentes en actividades aleatorias como los juegos de azar. Muchas personas creen que un suceso tiene más o menos probabilidad de ocurrir por el hecho de que hayan o no hayan ocurrido recientemente. Esto, que puede ser cierto cuando hablamos de sucesos dependientes o relacionados (y más relacionados causalmente), es totalmente erróneo al referirse a sucesos independientes como lanzar una moneda al aire, acertar un número de lotería o tener un hijo varón.

Centrémonos en el caso de una moneda lanzada al aire. La probabilidad de que salga cara es del 0,50 (50 %), igual que la probabilidad de que salga cruz. Es cierto que la probabilidad de obtener 11 caras (o cruces, o una combinación determinada de caras y cruces) seguidas es de 0,0004882. Pero la probabilidad de que salga una cara en el lanzamiento número 11, o en cualquier otro, es completamente independiente del número de veces que haya salido antes. En cualquier lanzamiento hay un 50 % de probabilidades de obtener cara o cruz, independientemente de que antes hayamos obtenido una cara, diez, o cien. También es igualmente probable ganar el primer premio de una lotería aunque lo hayas ganado la semana pasada, e igualmente probable ganar apostando siempre al mismo número que a uno diferente cada semana.

Cuando hablamos de probabilidad en sucesos independientes, la historia, sencillamente, no importa.


Thor y las pruebas del Rey de los Gigantes

Thor, poderoso dios nórdico del trueno y matador de gigantes, viajaba en una ocasión junto con su sirviente Thjalfe y Loki, dios del mal sutil y las travesuras malintencionadas. Los tres compañeros llegaron a Utgard, hogar de los temibles y soberbios gigantes del hielo; a lo lejos contemplaron un castillo, tan alto que para mirarlo debían levantar la vista casi hasta el cielo. Deseosos de encontrar refugio, se deslizaron a través de las barreras y entraron en la fortaleza. Vieron allí una multitud de hombres sentados en bancos, todos los cuales eran prodigiosamente altos. Les llevaron a presencia del rey de los gigantes, el poderoso Utgard-Loke (no confundir con Loki), que se comportó con gran altivez ante sus invitados. Sonriendo maliciosamente, dijo a Thor:

- Si no me equivoco, este niñito debe ser Thor; sin embargo, puede que seáis más de lo que parecéis a simple vista. ¿Qué habilidades y talentos poseéis? Porque debéis saber que aquí no toleramos la presencia de nadie que no se distinga en algún arte.

Respondióle Loke:

- Estoy dispuesto a mostraros mi arte; y es que nadie en esta sala puede comer tan rápido como yo lo hago.

- Veamos pues vuestro arte –respondió Utgard-Loke.

Trajeron entonces una gran bandeja de madera repleta de carne y la pusieron sobre una mesa; el rey de los gigantes mandó venir a uno de sus hombres, Loge, para que compitiese con Loke. Cada uno comenzó a comer por un extremo lo más rápido que pudo, y se encontraron justo en medio de la bandeja. Sin embargo, Loki había comido toda la carne dejando los huesos, mientras que Loge había consumido todo, carne, huesos, bandeja y mesa... Todos acordaron que Loki había sido claramente vencido.

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Preguntó entonces el rey qué sabía hacer el joven sirviente de Thor, Thjalfe. Este dijo que competiría en una carrera contra cualquiera de los hombres del castillo. Utgard-Loke sonrió de nuevo, y designó a un niño pequeño llamado Huge para que corriera contra Thjalfe.

- Debéis ser muy ágil si esperáis ganar, joven Thjalfe –comentó el rey con sorna.

Tres veces corrieron los dos jóvenes hasta una flecha lanzada a gran distancia. Las tres veces resultó ganador el niño Huge, con tanta ventaja que el pobre Thjalfe se encontraba aún a mitad de camino cuando él alcanzaba la meta. Todos los presentes decidieron que era suficiente y que Thjalfe había sido derrotado.

El rey miró entonces a Thor, preguntándole cuáles eran sus habilidades. Thor respondió con voz profunda: se enfrentaría bebiendo a cualquiera de los presentes. Utgard-Loke consintió, e hizo venir a su copero con un gran cuerno del que sus cortesanos bebían a menudo. Le dio el cuerno a Thor, diciendo:

- Cualquiera que sea buen bebedor vaciará este cuerno de un solo trago, aunque hay quien emplea dos tragos para ello; pero tampoco será mal bebedor el que consiga vaciarlo en tres tragos.

Thor tomó el cuerno y vio que era grande y largo. Puesto que tenía mucha sed, se lo llevó a los labios y bebió ávidamente sin respirar, tratando de vaciarlo de un trago. Cuando terminó, vio con sorpresa que el cuerno apenas se había vaciado. Utgard-Loke habló a Thor:

- ¡Bien bebido! Pero no hay que vanagloriarse; pensaba que el afamado Thor podría beber mucho más. Sin duda vaciaréis el cuerno en el segundo trago.

De nuevo bebió el poderoso Thor, durante tanto tiempo como pudo contener la respiración; y de nuevo vio que el contenido apenas había bajado.

- ¿Guardáis lo mejor para el final, Thor? –comentó el rey con una sonrisa maliciosa- Debéis beber mucho si queréis vaciar el cuerno con el tercer trago; espero que mostréis mayor habilidad en los otros juegos...

Furioso, Thor bebió tan rápido y profundamente como pudo, tratando de vaciar el cuerno a toda costa. Pero nuevamente vio que la bebida apenas había bajado un poco. Desesperado, devolvió el cuerno al copero.

- Bien –dijo Utgard-Loke-, es evidente que vuestra fuerza no es tan grande como se esperaba. Pero, decidme, ¿querríais tomar parte en otros juegos?

- Probaré otros juegos –dijo torvamente Thor-, aunque estoy convencido de que otros hombres no considerarían poca cosa mis tragos. ¿Qué nueva prueba me proponéis?

- Bien, nuestros niños suelen jugar a un juego insignificante; muy poca cosa es, pero os lo propongo porque veo que no sois en absoluto como pensábamos, Thor. Levantad del suelo a este pequeño gato.

Y un gato gris apareció en la estancia, para diversión de los gigantes. Thor avanzó y agarró al animal; pero por más fuerza que hiciese, no conseguía despegar del suelo las patas del gato. La espalda del gato se encorvaba mientras Thor trataba de levantarlo, y sólo una vez consiguió despegar del suelo una sola de las patitas del animal. Finalmente, Thor renunció.

- El gato es grande, pero Thor es pequeño –comentó Utgard-Loke con una sonrisa.

Furioso, Thor desafió entonces a cualquier a de los presentes a un combate singular. Utgard-Loke rió de nuevo:

- No creo que ninguno de mis hombres quiera rebajarse a luchar contra Thor; sin embargo, pienso que la vieja Elle, mi nodriza, pueda proporcionaros algún desafío.

Y entró en la sala una vieja desdentada, con la espalda encorvada, a la que el rey de los gigantes invitó a luchar contra Thor. Thor, desesperado, arremetió contra ella una y ora vez; pero, cuanto más la acosaba, más firme se mantenía ella. Pasaron mucho tiempo peleando. Pero, finalmente, fue Thor quien dobló la rodilla.

Utgard-Loke dio entonces por finalizados los juegos y dijo que ya no tendrían nuevas oportunidades para mostrar su valía; había quedado probado que los dioses nada podían ante la fuerza de los gigantes. No obstante, les invitó a pasar la noche en el castillo y les ofreció su hospitalidad.

Al día siguiente los compañeros, abatidos, comieron en el castillo y más tarde reemprendieron su viaje. Utgard-Loke les acompañó hasta la salida del castillo y preguntó a Thor si en sus viajes había conocido a alguien más poderoso que él. Thor respondió que había sufrido un gran deshonor a manos de los gigantes de Utgard; y lo que más le mortificaba era que le considerasen hombre de poca importancia. Pero Utgard-Loke dijo entonces:

- Os confesaré la verdad, ahora que habéis salido de mi castillo, donde jamás mientras yo reine volveréis a poner el pie. Nunca imaginé la fuerza que ibais a demostrar y lo cerca que estaríais de vencernos y humillarnos. Debéis saber que continuamente os he engañado con mis trampas, sin que nunca os percataseis de ello. En primer lugar, aunque Loki tuviera hambre, su rival Loge no era otro que el fuego furioso –pues Loge significa, efectivamente, fuego-, de ahí que devorase todo a su paso y derrotase fácilmente a vuestro compañero. Huge –pensamiento-, que corrió contra vuestro sirviente Thjalfe, no era otro que mi propio pensamiento, y era imposible que Thjalfe compitiese en rapidez con él. En cuanto al cuerno... cuando tratasteis de vaciarlo realizasteis una hazaña casi imposible de imaginar, pues su extremo estaba unido al propio mar; habéis vaciado parte de él con vuestros sorbos, creando lo que ahora se conoce como marea. Tratando de levantar al gato realizasteis otra gran hazaña, pues el gato era en realidad la propia Serpiente Midgard, monstruo que rodea la tierra entera con su inmenso cuerpo, y a la que lograsteis levantar sin daros cuenta. Nadie podría haber realizado semejante proeza de fuerza. Y, ¿qué decir de vuestra lucha con Elle? La encorvada vieja no era otra que la Vejez, y nunca existió ni existirá hombre alguno que pueda esperar vencerla; pues Elle no era otra que la Vejez, y jamás vi a nadie resistir sus acometidas como lo hicisteis vos. Y ahora que vamos a separarnos, debo advertiros que lo mejor para vos y para mí será que nunca más volvamos a encontrarnos; la fuerza de uno y las artimañas del otro nos hacen estar igualados y nada podríamos uno contra el otro.

Thor, por supuesto, se enfureció. Trató de golpear al rey de los gigantes con Mjolnir, su martillo, pero Utgard-Loke desapareció justo a tiempo. Luego Thor corrió de vuelta hacia el castillo con ánimo de destruirlo, pero no encontró ni rastro de la fortaleza: en su lugar sólo había una llanura extensa y verdeante.

Thor había sido burlado por un enemigo astuto y hábil. En su vida llevaría a cabo muchas y variadas gestas heroicas; pero eso ya es otra historia...

¡No pudo ser!

Tú eras el huracán y yo la alta
torre que desafía su poder:
¡tenías que estrellarte o que abatirme!...
¡No pudo ser!

Tú eras el océano y yo la enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén:
¡tenías que romperte o que arrancarme!...
¡No pudo ser!

Hermosa tú, yo altivo: acostumbrados
uno a arrollar, el otro a no ceder;
la senda estrecha, inevitable el choque...
¡No pudo ser!

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El Danés Melancólico

Ser o no ser; ésa es la cuestión: si es más noble para el alma sufrir los tiros y flechazos de la insultante Fortuna o alzarse en armas contra un mar de agitaciones y, enfrentándose a ellas, darles fin: morir, dormir, no más. Y, con un sueño, decir que acabamos con todo el sufrimiento del corazón y los mil golpes naturales que son herencia de la carne. Ésa es una consumación piadosamente deseable. Morir, dormir; dormir, quizá soñar: sí, he ahí el tropiezo, pues ha de preocuparnos qué sueños pueden llegar en ese sueño de la muerte, cuando nos hayamos desenredado de este embrollo mortal. Ésta es la consideración que da tan larga vida a la calamidad; pues, ¿quién soportaría los latigazos y los insultos del tiempo, el agravio del opresor, la burla del orgulloso, los espasmos del amor despreciado, la tardanza de la justicia, la insolencia de los que mandan, y las patadas que recibe del indigno el mérito paciente, si él mismo no pudiera extender su documento liberatorio con un simple puñal? ¿Quién soportaría cargas, gruñendo y sudando bajo el peso de una vida fatigosa, si no temiese algo más allá de la muerte, el país sin descubrir, de cuyos confines ningún viajero regresa jamás, que desconcierta nuestra voluntad y nos hace soportar los males que tenemos antes que volar a otros de los que nada sabemos? Así, la conciencia nos hace cobardes a todos, y el colorido natural de la resolución queda debilitado por la pálida cobertura de la preocupación, y las empresas de gran profundidad y empuje desvían sus corrientes con tal consideración y pierden el nombre de acción... Pero, ¡silencio!...

Una nueva lección que Shakespeare pone en boca del atribulado Hamlet, en el monólogo más famoso de todos los tiempos. Emocionante...

Lope de Aguirre, el Peregrino (III)

El 20 de Julio de 1561 la expedición alcanza por fin Isla Margarita. Lope de Aguirre, siempre astuto, coloca a sus heridos y enfermos bien a la vista y esconde bajo la cubierta los soldados y las armas. Con esta aparente imagen de debilidad logra ser recibido por el gobernador de la isla; éste, junto con el alcalde, es inmediatamente capturado y ejecutado días después. Sus cuerpos, exhibidos en mitad de la isla, sirven de advertencia contra todo aquel que pretenda oponerse a Lope y como blanco para sus arcabuceros -un destino que compartirían casi 50 personas durante la estancia de los marañones en la isla-. Los marañones saquean la población y asesinan a algunos vecinos por querer esconder sus armas o propiedades. Aguirre, mostrando de nuevo su ambivalente personalidad, prohíbe las violaciones y ordena que las prostitutas sean encerradas en la cárcel para evitar tentaciones.

La estancia en la isla se prolonga varias semanas. Finalmente las autoridades envían a fray Francisco de Montesinos a la isla, al mando de un navío artillado. Pretenden así acabar con el rebelde, bien por la fuerza o bien haciendo ver a sus propios hombres que es ya hora de dar muerte al tirano. Mas los marañones permanecen leales; Lope de Aguirre planea ya hacerse con el navío de fray Francisco para alcanzar con él Panamá y proseguir con la liberación del Perú. Para ello emplea a Pedro de Munguía, uno de sus más allegados, a quien proporciona armas y hombres dándole la orden de capturar la nave del religioso.

Pero le espera un duro golpe a Lope de Aguirre. El leal Pedro de Munguía deserta junto con toda su tripulación y se une a fray Francisco revelándole los planes de Aguirre. Enteradas las autoridades reales de Venezuela, Panamá y Santo Domingo, ponen en guardia todas las ciudades de la región. Quedan así fuera del alcance de los marañones La Española, Nombre de Dios, Cartagena... ciudades en las que Lope planeaba ya plantar su estandarte.

El 31 de Agosto de 1561 sale Aguirre de Isla Margarita. Guiados ya por la fuerza de la desesperación, doscientos hombres le acompañan, junto con unos pocos caballos, ganado y provisiones. Llegan a la costa y prenden fuego a las embarcaciones –y, con ellas, a toda esperanza de embarcarse de nuevo hacia una dudosa salvación-, para marchar hacia la ciudad de Valencia (Venezuela). Aún viajan dos meses por la jungla; la expedición se arrastra entre la vegetación y el barro, aplastada por el calor y debilitada por las continuas deserciones de soldados que, viendo ya cercana la civilización, no dudan en abandonar al loco Aguirre para esconderse o buscar el perdón real. La mitad de los españoles que embarcaron con Ursúa estaban ya muertos por una causa u otra (y más de 70 por mano del propio Aguirre o por órdenes suyas). A finales de Octubre llegan a la ciudad de Barquisimeto, abandonada apresuradamente por sus pobladores, y la toman. Es entonces cuando las autoridades españoles dan el golpe de gracia al ejército de Aguirre ofreciendo el perdón para quienes le abandonen y vuelvan a jurar fidelidad al rey Felipe. Lope se queda solo. El 27 de Octubre de 1561 se acerca a su hija Elvira y la mata a puñaladas, para evitar que le sobreviva como “hija del traidor y colchón de rufianes”. Rodeado por sus antiguos leales, Lope de Aguirre ve llegar por fin la muerte. Uno de sus marañones le dispara un arcabuzazo, del que ríe Lope: “este tiro no es bueno, soldado”. Otro marañón se adelanta y dispara de nuevo. Herido ya de muerte, Lope de Aguirre aún conserva su aplomo: “este sí”, replica antes de morir.

Un tal Custodio Hernández se lanza sobre el cadáver y lo decapita. Su cabeza, enfundada en una jaula de hierro, fue expuesta durante años en el pueblo de Tocuyo; su mano derecha fue enviada a Mérida y la izquierda a Valencia; el resto del cuerpo fue echado de comer a los perros.

Este fue Lope de Aguirre, el Traidor, el Peregrino, el Loco. Su recuerdo aún permanece muy vivo en algunas de las zonas por las que pasó con sus marañones. Y en algunas zonas de Venezuela, cuando en la noche aparece en la jungla el brillo de los fuegos fatuos, aún hay voces que afirman entre susurros que se trata de las almas de Lope de Aguirre y sus hombres que viajan, viajan sin descanso.


Lope de Aguirre, el Peregrino (II)

El 26 de Septiembre de 1560 la expedición se pone finalmente en marcha. Los españoles, después de haber soportado durante meses la inactividad del campamento, la falta de víveres y las calamidades propias de la selva, se encuentran ya amargados incluso antes de comenzar el viaje. Unos 300 españoles, junto con casi 600 indios y dos docenas de negros esclavos se embarcan finalmente en dos bergantines y nueve chatas –embarcaciones compactas para los caballos y demás ganado-. El plan es descender por el río Marañón, del cual los componentes de la expedición tomarán su sobrenombre –Marañones-, y seguir por el Amazonas en busca del mítico El Dorado. Sin embargo, el día mismo de la botadura siete de las chatas quedan inservibles por defectos de construcción o por la propia acción devoradora del clima de la zona; es necesario retrasarse una vez más para hacer reparaciones, y aún así la expedición debe prescindir de varias embarcaciones, gran cantidad de ganado y provisiones y casi trescientos caballos.

Durante todo este tiempo demostró Pedro de Ursúa una dejadez impropia de un jefe veterano como él. Al igual que muchos otros españoles, que viajaban con sus mujeres o mancebas, Ursúa llevaba consigo a su amada Inés de Atienza. Era Inés mujer hermosa, mestiza, acostumbrada a sobrevivir entre hombres de la única forma en que podía hacerlo una mujer de su tiempo. Vivía con Ursúa desde que éste había asesinado a su anterior compañero en un duelo, muy a la usanza española de la época. Como podrá imaginarse, la presencia de Doña Inés fue una desgracia más para la expedición.

Mientras todo esto tenía lugar, aprovechaba Aguirre para conocer a los miembros de la expedición. Supo valerse de su fama de loco y de las peculiaridades de su carácter para impresionar a unos e intimidar a otros. Conocía el vasco las debilidades del alma humana, y aprovechó las aspiraciones y apetitos de los que le rodeaban para lograr sus propios fines. Su única debilidad era su hija Elvira, una mestiza de madre desconocida a la que trataba de proteger de un mundo que, el lo sabía bien, podía devorarle a uno en un descuido.

A medida que pasaban los meses fue rodeándose de españoles leales a él. Ya al llegar la Navidad de ese año sabía que se conspiraba contra Pedro de Ursúa; supo que Alonso de la Bandera y Lorenzo Zaldueño deseaban los favores de Doña Inés y planeaban conseguirlos deshaciéndose de Ursúa. Aguirre desdeñaba las tentaciones carnales, pero ansiaba acabar con el tibio mandato de Ursúa; por ello conjuró junto con los demás hasta que, tras la misa de Año Nuevo de 1561, Ursúa fue cosido a puñaladas mientras dormía, al grito de "¡libertad!”. Se proclama nuevo gobernador a Fernando de Guzmán, sobre el que sin duda tendría Aguirre la conveniente influencia, mientras que el propio Aguirre asume el cargo de maestre de campo. En la que sería la primera de sus peligrosas leyes, prohíbe a los hombres hablar en voz baja bajo pena de muerte. Doña Inés pasa a ser la amante de Zaldueño, y de varios otros si se dan fe a algunos testimonios. Pero nunca de Aguirre; no eran esos sus intereses.

El propósito de la expedición cambia radicalmente: se olvida la búsqueda de El Dorado para dedicarse a la liberación e independencia del reino de América. Fernando de Guzmán es nombrado rey en una ceremonia entre la solemnidad y el esperpento, y el desafío a España se concreta en la carta que Aguirre dirige al rey Felipe el 23 de Marzo de 1561. La gran mayoría de los soldados y oficiales firman el documento; los que se niegan no tardan en desaparecer o ser ejecutados en público como escarmiento, práctica a la que Aguirre comenzaba a aficionarse.

Había, sin embargo, numerosos desacuerdos entre los españoles. La mayor parte de los soldados se preocupaban más por las penurias diarias –hambre y sed, mosquitos y enfermedades…- que por las luchas por el mando. El poder cambió de manos varias veces: Aguirre y Zaldueño presionan al rey para condenar a muerte a De la Bandera; al poco, el propio Zaldueño es muerto por Aguirre, que no tarda en asesinar al propio rey Fernando de Guzmán… Este juego de locos se repite casi cada día dejando a Aguirre, que parecía fortalecerse con cada traición y asesinato, como líder indiscutible de los marañones. Los indios han muerto en su mayoría, víctimas de los ataques de las tribus hostiles, el hambre y la sed, el paludismo o las ejecuciones arbitrarias de los españoles. Ya muchos de los soldados son presa de la tarumba del equinoccio, esa especie de locura nacida de la soledad, el calor y las penalidades, que enajena a los hombres hasta convertirlos en salvajes o en idiotas. La expedición se ve asediada por el hambre, teniendo que recurrir a los caballos, las botas, los correajes y las alimañas con las que se cruzan en su viaje río abajo. Aguirre decreta pena de muerte para delitos como hablar en voz baja, levantarse de noche, tocar las espadas o permanecer en la popa de las embarcaciones.

Lope de Aguirre se proclama a sí mismo Príncipe de la Libertad y de las provincias de Chile, Perú y Tierra Firme, la Ira de Dios, el Traidor.

En aquellos meses la expedición había alcanzado ya el Atlántico. Aguirre planea convertir en realidad sus sueños de conquista. Y ha puesto su mirada en la paradisíaca Isla Margarita…


Lope de Aguirre, el Peregrino (I)

Entre los soldados de peor fama estaba, como dije, Lope de Aguirre, hombre corta estatura, cojo de heridas recibidas en acción, cenceño y de aire atravesado. En los lugares donde había vivido, especialmente en las regiones del norte del Perú, se le conocía como Aguirre el Loco. Pero lo decían con simpatía y amistad y sin dejar de respetarlo.

Ramón J. Sender, La Aventura Equinoccial de Lope de Aguirre.

Nació Lope de Aguirre alrededor del año 1510 –la fecha exacta se desconoce- en el actual municipio de Oñate, Guipúcoa. Desde joven fue persona inquieta y algo bellaca, que anduvo en andanzas por media España hasta llegar a Sevilla con 21 años. Fue allí donde conoció las historias que Pizarro y otros contaban sobre los fabulosos tesoros que aguardaban a los españoles en Perú y en toda Sudamérica. Rápidamente se enrola hacia el Perú, donde llega sobre el año 1536. Pronto se ve envuelto en una serie de aventuras que incluyen batallas, rebeliones, huidas y condenas... era Aguirre hombre para quien las leyes y costumbres significaban más bien poco, como se demostraría más adelante. En 1544 y los años que siguieron se enfrentó a Gonzalo Pizarro (hermano de Francisco) por defender al primer virrey del Perú, Blasco Núñez Vela, y las órdenes que éste había recibido de implantar una serie de mejoras en las condiciones de los nativos. Nótese que en aquella época defendía Aguirre las leyes del rey, enfrentándose a enemigos poderosos y jugándose, literalmente, la vida. Recibió dos arcabuzazos en una pierna que le dejaron cojeando de por vida, mientras que sus manos estaban quemadas por la explosión de un arma de pólvora (hay quien dice que había recibido un tercer disparo en la izquierda que se la había dejado medio inútil).

En 1551 acabó por volver a Perú, donde un tal Francisco de Esquivel, juez, le condenó por no respetar las leyes de protección a los indios a ser azotado en público. Aguirre sin duda apreció la ironía de ser condenado por infringir aquello por lo que antes había luchado y sangrado; pero una cosa es la condena y otra la humillación. Que se pueden aguantar heridas en el cuerpo hasta caer muerto; pero las heridas en el orgullo ningún español las soporta. Se cuenta que Aguirre, una vez finalizado el mandato del licenciado Esquivel, le persiguió a pie durante más de tres años –algo se temía ya Esquivel- hasta que dio con él finalmente en 1554 y lo mató a puñaladas mientras dormía.

Por esta acción fue condenado a muerte. Durante un tiempo huye, participa en el levantamiento contra el virrey Antonio de Mendoza –matando al gobernador Pedro de Hinojosa-, vive un tiempo comiendo raíces en una cueva durante un año... Le llega finalmente el perdón en 1560, cuando el virrey Andrés Hurtado de Mendoza amnistía a numerosos indeseables a condición de que tomen parte en una expedición en busca del mítico El Dorado bajo el mando del veterano Pedro de Ursúa. Con la promesa del oro de El Dorado esperaba el virrey deshacerse de las cuadrillas de soldados que, tras los conflictos civiles, no podían –o no querían- ganarse la vida honradamente. Eran estos soldados gente malencarada, harapienta y malhablada, veterana de mil combates; hombres duros como ellos solos y capaces de tumbar un reino entero cuando lograban ponerse de acuerdo para ello, cosa en la que nunca destacamos los españoles. Este sería la tripulación de Pedro de Ursúa... y entre ellos se encontraba Lope de Aguirre, el Loco.


Bécquer o la emoción hecha poesía

Debo decir que no siento especial inclinación por el verso. Obligado es reconocer, sin embargo, el genio poético de Gustavo Adolfo Bécquer, sevillano bohemio, torturado, de imaginación desbordante y desbordada por las quimeras del amor, las amadas y las amantes. Escritor, dibujante y poeta, sin duda son sus Rimas la cúspide de su arte. Su rima XI es la pura descripción del idealismo, la eterna búsqueda de aquello que jamás encontraremos; el deseo es deseo de lo inalcanzable, y así lo expresa el genio andaluz:


—Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión,
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas?
—No es a ti, no.

—Mi frente es pálida, mis trenzas de oro:
puedo brindarte dichas sin fin.
Yo de ternura guardo un tesoro.
¿A mí me llamas?
—No; no es a ti.

—Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz.
Soy incorpórea, soy intangible:
no puedo amarte.
—¡Oh ven; ven tú!

Perseguir un imposible, vagar tras un ideal; cosas que suelen ser recompensadas con más dolores que alegrías y con más decepciones que victorias. Un defecto del que nunca aprenderé. Porque... no siempre la razón tiene razón.


Madres espartanas

En cierta ocasión una madre espartana pedía noticias sobre el resultado de una batalla. Alguien le dijo que todos sus hijos, cinco, habían resultado muertos. "No es eso lo que pregunto -replicó la mujer-, ¿ha vencido Esparta?". Se le dijo que, efectivamente, los espartanos habían salido victoriosos. La mujer alzó la vista diciendo: "en ese caso, demos gracias a los dioses".


Eratóstenes: el poder de la reflexión

En el siglo III a.C. vivía en Alejandría un griego llamado Eratóstenes. Astrónomo, historiador, geógrafo, poeta... tenía una formidable capacidad para el estudio y la reflexión, y fue llamado Beta por alguno de sus contemporáneos por ser el segundo mejor en todas las ramas del conocimiento que cultivó.

Eratóstenes llegó a ser el director de la biblioteca de Alejandría, y fue precisamente allí donde leyó que un palo clavado verticalmente en el suelo en la lejana ciudad de Siena (hoy llamada Asuán) no proyectaba sombra alguna al mediodía del día 21 de junio. Parece un dato irrelevante y sin duda es fácilmente olvidable. Sin embargo Eratóstenes no lo olvidó; al contrario, quiso ir más allá.

Llegado un 21 de junio cualquiera, Eratóstenes clavó un palo verticalmente en Alejandría y esperó. Llegado el mediodía, descubrió que el palo sí proyectaba una sombra. ¿Por qué, entonces, ese mismo palo, en ese mismo instante, no proyectaba sombra alguna en Siena, a 800 km.? ¿Acaso le habían engañado? Eratóstenes, igual que el resto del mundo en aquella época, suponía que la tierra era plana, aunque había sutiles indicios que apuntaban en otro sentido: el mástil de un barco tardaba más en desaparecer tras el horizonte que el resto del barco cuando éste se alejaba de puerto; la sombra proyectada por la Tierra sobre la luna durante un eclipse lunar era siempre redonda y no ovalada o plana, como ocurriría si el planeta fuese verdaderamente plana. Y si la Tierra era plana, dos palos clavados verticalmente en dos sitios cualesquiera del mundo arrojaría la misma sombra a una misma hora, ya que los rayos del sol son paralelos cuando alcanzan la Tierra.

Eratóstenes comprendió entonces que la única explicación posible era que la Tierra fue, efectivamente, redonda. Dedujo también, gracias a su formación matemática, que el tamaño de la sombra sería mayor cuanto más curvada fuera la superficie del planeta. Sabía que la diferencia entre Siena y Alejandría era de 5.000 estadios* (7,86 km.) Sabía también, por la longitud de las sombras en ambos lugares, que la distancia entre estos debía ser de unos siete grados a lo largo de la superficie de la Tierra. Siete grados equivalen a una cincuentava parte del total de la circunferencia de la Tierra, que es de trescientos sesenta grados. De esta forma calculó Eratóstenes que la circunferencia de la Tierra debía ser de 250.000 estadios (5.000 x 50). Posteriormente ajustó esta cifra hasta 252.000 estadios, que son unos 39.614 kilómetros. Actualmente se acepta que la circunferencia ecuatorial de la Tierra es de 40.075 km, lo que significa de Eratóstenes tuvo algo más del 1% de error en su estimación.

Palos, sombras, pasos e ingenio: esas fueron las herramientas con las que Eratóstenes cambió nuestro mundo.

* El estadio egipcio, tomado como base de estos cálculos, equivale a 300 codos de 52,4 cm., 157,2 metros).


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Psicología y horóscopos: el efecto Forer

En 1948 un psicólogo de la Universidad de California pasó un test de personalidad a sus alumnos. Después de un tiempo, y basándose en los resultados del test, volvió con un perfil personal de cada uno de sus alumnos donde se describía su personalidad, forma de ser, su moral, etc. Cada uno de los alumnos leyó en silencio (y en privado) su descripción. Muchos se sorprendieron de verse tan fielmente descritos después de haber contestado a un sencillo test; todos ellos admiraron la gran habilidad de su profesor. Éste, por su parte, les pidió que puntuasen el perfil en una escala del 0 (muy pobre) al 5 (excelente), basándose en la precisión con la que los describía. El resultado, como era de esperar fue muy bueno: la nota media fue de 4,26.

Entonces el profesor hizo algo extraño. Puso una transparencia en el proyector y todos los alumnos pudieron leer lo siguiente:


Tienes la necesidad de que otras personas te quieran y admiren, y sin embargo eres crítico contigo mismo. Aunque tienes algunas debilidades en tu personalidad, generalmente eres capaz de compensarlas. Tienes una considerable capacidad sin usar que no has aprovechado. Disciplinado y controlado hacia afuera, tiendes a ser preocupado e inseguro por dentro. A veces tienes serias dudas sobre si has obrado bien o tomado las decisiones correctas. Prefieres una cierta cantidad de cambios y variedad y te sientes defraudado cuando te ves rodeado de restricciones y limitaciones. También estás orgulloso de ser un pensador independiente; y de no aceptar las afirmaciones de los otros sin pruebas suficientes. Pero encuentras poco sabio el ser muy franco en revelarte a los otros. A veces eres extravertido, afable, y sociable, mientras que otras veces eres introvertido, precavido y reservado. Algunas de tus aspiraciones tienden a ser poco realistas.

Algunos fruncieron el ceño. Otros se rieron. Tardaron unos minutos en comprender que su profesor les había dado la misma descripción a todos ellos.

El psicólogo se llamaba Bertram R. Forer y había corroborado de forma más o menos experimental lo que mucho antes había sospechado: la tendencia del ser humano a identificarse con descripciones y predicciones ambiguas, vagas, imprecisas. El Efecto Forer o falacia de la validación personal puede explicar en parte la creencia ciega de algunas personas en la efectividad de pseudociencias como la astrología, los horóscopos, la adivinación...

La próxima vez que echéis un vistazo a vuestro horóscopo acordaos del profesor Forer. O mejor de sus alumnos y las caras que se les debieron quedar.


Leroy Merlín: problemas cromáticos


Sí, ahora trabajo en Leroy Merlín. Lo mejor son las conversaciones con los clientes: jamás dejan de sorprenderte. El premio a la estupidez de la semana (y que probablemente quede imbatida mucho tiempo) sucedió hoy. Se me acerca un grupo de tres chicas:

Mujercitas: Perdona, para colgar este brezo en una valla... ¿son estas las bridas que se usan?

Yo: Sí, sí, esas son.

M: ¿Son las verdes las que hay que usar? (señalando a un enorme expositor plagado de bridas verdes, sólo verdes, de ningún otro color. Las de otro color están muy lejos. Aquí no hay. Verdes. Todas)

Yo: La verdad es que da igual, sirven todas porque son iguales. Tenemos varios colores, blanco, negro, verde y marrón...

M: Aaah... Y... ¿las marrones son ESTAS? (señalando el gran expositor verde. VERDE.)

Yo: (recristo bendito) ¿Cómo cojones van a ser....? Quiero decir ... No, esas son las verdes. Ejem... Son verdes. Las marrones no son. Las marrones allá. Estas verdes.

M: Aaah, vale, gracias.


DIOS SANTO.

Editado: hace siglos que ya no trabajo en Leroy Merlín.

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