Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2008.
Resumen
- 05/02/2008 19:56 - Madres espartanas
- 07/02/2008 23:05 - Bécquer o la emoción hecha poesía
- 12/02/2008 12:07 - Lope de Aguirre, el Peregrino (I)
- 13/02/2008 18:45 - Lope de Aguirre, el Peregrino (II)
- 14/02/2008 12:00 - Lope de Aguirre, el Peregrino (III)
Madres espartanas
Bécquer o la emoción hecha poesía
—Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión,
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas?
—No es a ti, no.
—Mi frente es pálida, mis trenzas de oro:
puedo brindarte dichas sin fin.
Yo de ternura guardo un tesoro.
¿A mí me llamas?
—No; no es a ti.
—Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz.
Soy incorpórea, soy intangible:
no puedo amarte.
—¡Oh ven; ven tú!
Perseguir un imposible, vagar tras un ideal; cosas que suelen ser recompensadas con más dolores que alegrías y con más decepciones que victorias. Un defecto del que nunca aprenderé. Porque... no siempre la razón tiene razón.
Lope de Aguirre, el Peregrino (I)
Entre los soldados de peor fama estaba, como dije, Lope de Aguirre, hombre corta estatura, cojo de heridas recibidas en acción, cenceño y de aire atravesado. En los lugares donde había vivido, especialmente en las regiones del norte del Perú, se le conocía como Aguirre el Loco. Pero lo decían con simpatía y amistad y sin dejar de respetarlo.
En 1551 acabó por volver a Perú, donde un tal Francisco de Esquivel, juez, le condenó por no respetar las leyes de protección a los indios a ser azotado en público. Aguirre sin duda apreció la ironía de ser condenado por infringir aquello por lo que antes había luchado y sangrado; pero una cosa es la condena y otra la humillación. Que se pueden aguantar heridas en el cuerpo hasta caer muerto; pero las heridas en el orgullo ningún español las soporta. Se cuenta que Aguirre, una vez finalizado el mandato del licenciado Esquivel, le persiguió a pie durante más de tres años –algo se temía ya Esquivel- hasta que dio con él finalmente en 1554 y lo mató a puñaladas mientras dormía.
Por esta acción fue condenado a muerte. Durante un tiempo huye, participa en el levantamiento contra el virrey Antonio de Mendoza –matando al gobernador Pedro de Hinojosa-, vive un tiempo comiendo raíces en una cueva durante un año... Le llega finalmente el perdón en 1560, cuando el virrey Andrés Hurtado de Mendoza amnistía a numerosos indeseables a condición de que tomen parte en una expedición en busca del mítico El Dorado bajo el mando del veterano Pedro de Ursúa. Con la promesa del oro de El Dorado esperaba el virrey deshacerse de las cuadrillas de soldados que, tras los conflictos civiles, no podían –o no querían- ganarse la vida honradamente. Eran estos soldados gente malencarada, harapienta y malhablada, veterana de mil combates; hombres duros como ellos solos y capaces de tumbar un reino entero cuando lograban ponerse de acuerdo para ello, cosa en la que nunca destacamos los españoles. Este sería la tripulación de Pedro de Ursúa... y entre ellos se encontraba Lope de Aguirre, el Loco.
Lope de Aguirre, el Peregrino (II)
Durante todo este tiempo demostró Pedro de Ursúa una dejadez impropia de un jefe veterano como él. Al igual que muchos otros españoles, que viajaban con sus mujeres o mancebas, Ursúa llevaba consigo a su amada Inés de Atienza. Era Inés mujer hermosa, mestiza, acostumbrada a sobrevivir entre hombres de la única forma en que podía hacerlo una mujer de su tiempo. Vivía con Ursúa desde que éste había asesinado a su anterior compañero en un duelo, muy a la usanza española de la época. Como podrá imaginarse, la presencia de Doña Inés fue una desgracia más para la expedición.
Mientras todo esto tenía lugar, aprovechaba Aguirre para conocer a los miembros de la expedición. Supo valerse de su fama de loco y de las peculiaridades de su carácter para impresionar a unos e intimidar a otros. Conocía el vasco las debilidades del alma humana, y aprovechó las aspiraciones y apetitos de los que le rodeaban para lograr sus propios fines. Su única debilidad era su hija Elvira, una mestiza de madre desconocida a la que trataba de proteger de un mundo que, el lo sabía bien, podía devorarle a uno en un descuido.
A medida que pasaban los meses fue rodeándose de españoles leales a él. Ya al llegar la Navidad de ese año sabía que se conspiraba contra Pedro de Ursúa; supo que Alonso de la Bandera y Lorenzo Zaldueño deseaban los favores de Doña Inés y planeaban conseguirlos deshaciéndose de Ursúa. Aguirre desdeñaba las tentaciones carnales, pero ansiaba acabar con el tibio mandato de Ursúa; por ello conjuró junto con los demás hasta que, tras la misa de Año Nuevo de 1561, Ursúa fue cosido a puñaladas mientras dormía, al grito de "¡libertad!”. Se proclama nuevo gobernador a Fernando de Guzmán, sobre el que sin duda tendría Aguirre la conveniente influencia, mientras que el propio Aguirre asume el cargo de maestre de campo. En la que sería la primera de sus peligrosas leyes, prohíbe a los hombres hablar en voz baja bajo pena de muerte. Doña Inés pasa a ser la amante de Zaldueño, y de varios otros si se dan fe a algunos testimonios. Pero nunca de Aguirre; no eran esos sus intereses.
El propósito de la expedición cambia radicalmente: se olvida la búsqueda de El Dorado para dedicarse a la liberación e independencia del reino de América. Fernando de Guzmán es nombrado rey en una ceremonia entre la solemnidad y el esperpento, y el desafío a España se concreta en la carta que Aguirre dirige al rey Felipe el 23 de Marzo de 1561. La gran mayoría de los soldados y oficiales firman el documento; los que se niegan no tardan en desaparecer o ser ejecutados en público como escarmiento, práctica a la que Aguirre comenzaba a aficionarse.
Había, sin embargo, numerosos desacuerdos entre los españoles. La mayor parte de los soldados se preocupaban más por las penurias diarias –hambre y sed, mosquitos y enfermedades…- que por las luchas por el mando. El poder cambió de manos varias veces: Aguirre y Zaldueño presionan al rey para condenar a muerte a De la Bandera; al poco, el propio Zaldueño es muerto por Aguirre, que no tarda en asesinar al propio rey Fernando de Guzmán… Este juego de locos se repite casi cada día dejando a Aguirre, que parecía fortalecerse con cada traición y asesinato, como líder indiscutible de los marañones. Los indios han muerto en su mayoría, víctimas de los ataques de las tribus hostiles, el hambre y la sed, el paludismo o las ejecuciones arbitrarias de los españoles. Ya muchos de los soldados son presa de la tarumba del equinoccio, esa especie de locura nacida de la soledad, el calor y las penalidades, que enajena a los hombres hasta convertirlos en salvajes o en idiotas. La expedición se ve asediada por el hambre, teniendo que recurrir a los caballos, las botas, los correajes y las alimañas con las que se cruzan en su viaje río abajo. Aguirre decreta pena de muerte para delitos como hablar en voz baja, levantarse de noche, tocar las espadas o permanecer en la popa de las embarcaciones.
Lope de Aguirre se proclama a sí mismo Príncipe de la Libertad y de las provincias de Chile, Perú y Tierra Firme, la Ira de Dios, el Traidor.
En aquellos meses la expedición había alcanzado ya el Atlántico. Aguirre planea convertir en realidad sus sueños de conquista. Y ha puesto su mirada en la paradisíaca Isla Margarita…
Lope de Aguirre, el Peregrino (III)
La estancia en la isla se prolonga varias semanas. Finalmente las autoridades envían a fray Francisco de Montesinos a la isla, al mando de un navío artillado. Pretenden así acabar con el rebelde, bien por la fuerza o bien haciendo ver a sus propios hombres que es ya hora de dar muerte al tirano. Mas los marañones permanecen leales; Lope de Aguirre planea ya hacerse con el navío de fray Francisco para alcanzar con él Panamá y proseguir con la liberación del Perú. Para ello emplea a Pedro de Munguía, uno de sus más allegados, a quien proporciona armas y hombres dándole la orden de capturar la nave del religioso.
Pero le espera un duro golpe a Lope de Aguirre. El leal Pedro de Munguía deserta junto con toda su tripulación y se une a fray Francisco revelándole los planes de Aguirre. Enteradas las autoridades reales de Venezuela, Panamá y Santo Domingo, ponen en guardia todas las ciudades de la región. Quedan así fuera del alcance de los marañones La Española, Nombre de Dios, Cartagena... ciudades en las que Lope planeaba ya plantar su estandarte.
El 31 de Agosto de 1561 sale Aguirre de Isla Margarita. Guiados ya por la fuerza de la desesperación, doscientos hombres le acompañan, junto con unos pocos caballos, ganado y provisiones. Llegan a la costa y prenden fuego a las embarcaciones –y, con ellas, a toda esperanza de embarcarse de nuevo hacia una dudosa salvación-, para marchar hacia la ciudad de Valencia (Venezuela). Aún viajan dos meses por la jungla; la expedición se arrastra entre la vegetación y el barro, aplastada por el calor y debilitada por las continuas deserciones de soldados que, viendo ya cercana la civilización, no dudan en abandonar al loco Aguirre para esconderse o buscar el perdón real. La mitad de los españoles que embarcaron con Ursúa estaban ya muertos por una causa u otra (y más de 70 por mano del propio Aguirre o por órdenes suyas). A finales de Octubre llegan a la ciudad de Barquisimeto, abandonada apresuradamente por sus pobladores, y la toman. Es entonces cuando las autoridades españoles dan el golpe de gracia al ejército de Aguirre ofreciendo el perdón para quienes le abandonen y vuelvan a jurar fidelidad al rey Felipe. Lope se queda solo. El 27 de Octubre de 1561 se acerca a su hija Elvira y la mata a puñaladas, para evitar que le sobreviva como “hija del traidor y colchón de rufianes”. Rodeado por sus antiguos leales, Lope de Aguirre ve llegar por fin la muerte. Uno de sus marañones le dispara un arcabuzazo, del que ríe Lope: “este tiro no es bueno, soldado”. Otro marañón se adelanta y dispara de nuevo. Herido ya de muerte, Lope de Aguirre aún conserva su aplomo: “este sí”, replica antes de morir.
Un tal Custodio Hernández se lanza sobre el cadáver y lo decapita. Su cabeza, enfundada en una jaula de hierro, fue expuesta durante años en el pueblo de Tocuyo; su mano derecha fue enviada a Mérida y la izquierda a Valencia; el resto del cuerpo fue echado de comer a los perros.
Este fue Lope de Aguirre, el Traidor, el Peregrino, el Loco. Su recuerdo aún permanece muy vivo en algunas de las zonas por las que pasó con sus marañones. Y en algunas zonas de Venezuela, cuando en la noche aparece en la jungla el brillo de los fuegos fatuos, aún hay voces que afirman entre susurros que se trata de las almas de Lope de Aguirre y sus hombres que viajan, viajan sin descanso.
